A menudo se me olvida la edad. Y es porque estoy recordándome en otros momentos.
Fui yo la que le insinué a mi vecino de enfrente que me siguiera al bar que había debajo de mi casa y que estaba delante de la suya. Había cerrado el balcón mirándolo, me había puesto una blusa muy llamativa. Me miré entonces a un espejo, me coloqué y recoloqué un gorrito, y, como quien hace una inspección sobre el orden antes de dejar el piso, abrí mi puerta y salí. Entré en el bar que regentaba Miguel. Al cabo de un momento mi vecino se abría paso separando las tiras de plástico de colores de la cortinilla de la entrada. Nos sonreímos.
-Al fin nos vemos sin que nos entorpezca la altura de los cinco pisos que nos separan, me dijo risueño.
-Al fin, le contesté sin ponerle ninguna imaginación, pero le sonreí.
No tardamos muchos días en vernos en mi casa. De momento vivía sola y él, el vecino, vivía en una habitación alquilada mientras terminaba los estudios para ir a trabajar a Francia.
Recuerdo el sexo con él. Fue el mejor. Eso me hace recordar que el marido al que ya había dejado bastante antes de conocerlo, me había proporcionado lo básico para mi sexualidad, pero nada que pueda recordar. Con un aprobado queda definido. Yo era inexperta y me conformaba con el “orgasmito” de rigor propio de cuando la experiencia no llega a la verdad de lo que se puede sentir. Pero que intuía.
Esa estaba siendo una época pobre.
Ya había tenido hijos.
En esos tiempos lloraba muchísimo porque me veía con una atadura que yo no había planeado ni siquiera imaginado que podía ocurrirme.
Y resulta que pasa. Bueno, pasaba antes como consecuencia de la ignorancia supina con la que nos habían educado.
Lloraba.
No tenía consuelo, porque lo que yo quería era irme a vivir con los Hipys a Ibiza. Mientras, seguía cuidando de mis hijos. Crecían tan poco a poco que, cuando pensaba en ello, todavía lloraba más. No se acababa la temporada de las cacas, la teta, los biberones, la papillita. El pino de enfrente me quitaba el sol en invierno y no me daba sombra en verano. Eso también me hacía llorar. Fue cuando más recordé a mi madre. Pensaba qué hacía yo siendo madre si lo que a mí me hacía falta era una para mí, que me consolara, me ayudara, me dijera que ese tiempo pasaría y que la vida la podría organizar de nuevo con otras expectativas, con otro marido más cariñoso, más comprensivo, más inteligente, que me llevara al cine, que me comprara libros, que me enseñara que la vida puede ser de verdad, no de mentira como era la mía. Y es que las vidas de mentira, aunque no pensemos en ellas, existen. Eso que imaginaba que predecía mi madre ocurrió, pero mucho más tarde. Aún era joven, es cierto, pero sin inocencia, o tal vez no del todo, porque maliciaba de ciertas cosas en las que antes no pensaba, o que ni sabía que existieran.
El chico de enfrente ya no estaba delante de mi casa. Quizá estaría trabajando en Francia. No es que estuviera enamorada, solo lo echaba de menos porque él me daba conversación y eso era muy atractivo y enriquecedor. También íbamos al cine y comentábamos en voz muy baja cosas del franquismo que nos dejaban helados y con muy poca esperanza de que aquella época se terminase. Quizá él presenció el final ya desde París, yo lo pasé aquí con un marido que resultó que era franquista.
De forma especial recuerdo el sexo con mi vecino. Podría decir que era cuestión de ritmo, de alientos, de no sé de qué… pero acertaba siempre en la coincidencia de nuestras llamaradas.
Por aquél entonces me rondaban los treinta y algo. Había ganado mi independencia, cobraba bastante dinero, combinaba bien mi vida con la de mis hijos, y aunque me confesara que, la idea de hacerme mayor para que no me ocuparan tanto tiempo los hombres con sus consecuentes desgastes y frustraciones era insistente en mí, me eché otro novio. Este era muy atractivo y físicamente me temblaban las piernas cuando se me acercaba. Su boca me deslumbró; dentadura de anuncio, y olor limpio y sin residuos de tabaco ni de alcohol. La atracción fue mutua e instantánea.
Pero en mis evocaciones, cuando surge el mejor en el sexo, siempre acude mi vecino de enfrente. Supongo que quienes tuvimos una vida con cierta agitación sexual, nos quedan reservas que de vez en cuando ascienden a nuestra boca para saborearlas inspiradas por una escena en el cine, una lectura que nos electrice o cualquier imagen que nos vuelva el cerebro del revés.
Creo que cada decenio de vida es como inaugurar una nueva vida. La coincidencia no es exacta, pero aproximadamente sí, creo, porque fui cambiando con mis vidas, o mis vidas me cambiaron a mí. Incluso ahora, en plena vejez, voy notando grandes diferencias a medida que cambia mi número de cifra, pero en este caso, los cambios jamás son buenos. Envejecer es como cuando vacías una casa. Se quedan papeles por el suelo, restos de libros o de escritos que no quieren decir nada, copas rotas al empaquetarlas, paredes en las que, al vaciarlas, queda la huella de roces, cuadros, fotos enmarcadas en polvo, y otro olor. Ya no está el olor de lo vivo, son los restos lo que queda después de desalojar de tu vida todo lo que constituyó tu ser vivo.
