Se llamaba Angelina.

Se peinaba con un moñito en el cogote donde recogía sus mechones oscuros y

mate.

Angelina era toda mate. Era la hermana mayor de mis tías y sus labores consistían en ir a comprar cada día lo que hubiera más barato en el mercado, preparar la comida, fregar los platos, lavar la ropa de toda la familia, (éramos nueve) y quedarse sentada en un cajón bajo en el que se guardaban las herramientas. Allí comía, descansaba mientras cuidaba lo que estuviera cocinando y echaba siestecitas. Hablaba solo cuando le preguntaban. No estaba enfadada, no estaba contenta, no estaba nada y ninguna de sus hermanas se dirigía a ella. Así la conocí hasta que me fui de casa. Muchos años después, cuando había restablecido las relaciones con mis tías, me dijeron que Angelina se había caído en la calle de regreso a casa sujetando la bolsa de la compra colgada del brazo. La habían llevado al hospital pero ya se había muerto con el golpe de la caída.

Pensé muy poco en Angelina entonces hasta que un día me desperté mientras soñaba con ella.

Me levanté de la cama. Eran las tres y algo y Angelina, sentada en el cajón de la cocina, no reclamaba nada. Estaba muda mientras me miraba fijamente. Empecé a balbucear intentando darle una explicación. No encontraba palabras, ni argumentos ni razón alguna que justificase que yo jamás le había pasado la mano por los hombros en señal de cariño, ni me había sentado a su lado en el cajón, ni supe jamás si le dolía la cabeza o si no se encontraba bien cuando había señales en sus ojeras de que algo le estaba fallando. Nunca le había hablado. No sabía qué día era su cumpleaños ni cuántos cumplía.

Es duro reconocer que se puede vivir toda la vida con alguien en la más absoluta indiferencia y sin sentir arrepentimiento, sin pensar que estás negándole la existencia a quien convive contigo.

Con Angelina nadie hablaba. Sus hermanas se fijaban solo en si necesitaban darle la vuelta al abrigo para que durase otros tres años más. Debajo del abrigo llevaba una bata con dos bolsillos y abrochada por delante. Siempre el mismo modelo y el tipo de tela verano e invierno que Pilar se encargaba de confeccionarle. Si le preguntaban si le gustaba, ella, muy dócilmente, contestaba que sí. Salía los domingos por la tarde después de fregar los platos de la cocina y regresaba antes de las siete, hora de encender la cocina de carbón de la que se encargaba. No solían preguntarle nada. Había llegado. Eso era todo.

Era la única de la casa que usaba medias gruesas de algodón y cuando las zurcía, sus hermanas le pedían que diera las puntadas más pequeñas porque aquél cosido tan tosco las desprestigiaba si se lo veía alguien que las conociera. En aquellos años el prestigio se conseguía “llevando la cabeza bien alta”

No sé a qué edad se murió.

No sé nada de ella.

Tampoco hablaban con sus dos hermanos, uno de ellos, mi padre. Los llamaban, cuando se referían a ellos,

“Los hombrones de casa”.

He releído este pequeño texto en el que ha cabido la historia de Angelina.

Lo he releído y me ha sentado como si hubiera comido un plato de fideos frío.

No me brotó una lágrima.

No siento nada

Ni siquiera puedo fingirlo. Sentir pena por mí misma me parecería una falta de respeto por ella que no pienso permitirme. Es a Angelina a la que no quise. A ella. Sin el ejemplo no supe aprender, sin embargo, me ha llegado un recuerdo amoroso. Éramos muy pequeños mi hermano y yo y queríamos tocar la nieve, entonces, mi tía Pepa nos puso el abrigo y nos dejó bajar a la acera de la calle, delante del portal. Al cabo de muy poco rato subíamos los dos llorando por el dolor de las manos heladas sin guantes y mi tía Angelina me las cogió, sopló su aliento caliente sobre ellas y no paró hasta que venció mi dolor.

Ahora sí algo dentro se ha movido.

Me pareció que debía buscarla dentro de mis emociones porque con toda seguridad existían aunque no hubieran mostrado su cara. Podían haber ido a parar al cajón de lo incomprensible que es de donde al final resurge todo. Claro que, debía haberlas guardado muy adentro, en algún lugar inaudito, muy seguro para no perderlas, para revivirlas cuando yo fuese aquella mujer que se esperaba que fuera. Por esa razón me desperté pensando en Angelina, viéndola…

Los fideos fríos me han sentado mal. Angelina me hubiera hecho una manzanilla aunque Pepa no se lo hubiera ordenado. Yo no me la hubiera tomado porque no me gusta nada y su olor me produce arcadas.

No sé seguir. No se me ocurre nada, bueno, sí, hay una cosa que Angelina hacía los domingos por la tarde. Había tenido una amiga del pueblo con la que mantenía amistad pero que llevaba muchos años ingresada en el frenopático de Oviedo. Estaba situado a las

afueras de la cuidad y la manera de ir era caminando por un sendero de pedruscos que se clavaban en la planta del pie. Cuando regresaba a casa, a veces Adela le preguntaba: Angelina, ¿qué tal Piedad? y ella contestaba: Igual.

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