Un día, pasados ya al menos dos meses de le representación teatral que por cierto, fue un gran éxito, al entrar en la escuela el conserje me dió un paquete que pesaba mucho, pero se notaba que era un libro. La entrega era para mí, pero no ponía remitente. Aún faltaba un cuarto de hora para que empezara la clase, así que busqué un rincón discreto y lo abrí. Era una edición encuadernada en piel de las obras completas de Lorca. Ni nota aparte, ni nota en las páginas interiores, nada, ni siquiera mi nombre que solo se destacaba en el paquete. Le pregunté al conserje si sabía quién lo había entregado y me dijo que ya estaba allí cuando él había entrado a trabajar. Me di cuenta de que lo habían depositado en un horario sin alumnos y por algún chico desconocido.

El hombre malo.

No nos habíamos vuelto a ver desde que terminó su trabajo con nosotros. No se había despedido más que de alguno y su frase fue: En cualquier momento nos volveremos a ver. Que vaya bien.

Los primeros días le eché mucho de menos, aunque me desconcertaba terriblemente, era un ser que siempre sorprendía tanto por palabras o ideas interesantes, como por su guiño despreciativo e hiriente. El caso era dejarnos desconcertados. A la vez, a mí me atraía de manera enfermiza porque no sabía cómo eran los hombres. Repasaba mentalmente a los que había tratado y no se parecía a ninguno. El chico de la farmacia, el mancebo, como se les llamaba en mi época, me sonreía con mucho afecto y parecía muy simpático. Como me había invitado al cine varias veces pensaba que a la siguiente le iba a decir que sí. Tendría que decírselo a mi tía Pilar que dado el trato tan familiar que teníamos me diría que sí. Escogería una película cómica porque así la conversación a la salida podía resultar muy fácil.

El hombre malo resultó ser profesor de la escuela Normal que era el centro para cursar el bachillerato superior. Solo había alumnas, una de ellas vivía cerca de casa y un día que nos encontramos y que caminamos un rato juntas, se me ocurrió preguntarle por sus profesores en general y de él me habló fatal del “raro” así lo nombró aunque casi la mitad de la escuela, me dijo, estaba loca por él. Era un tipo especial, casado con una maestra que incluso nos recomienda libros prohibidos con la promesa de que no se lo diríamos a nuestros padres ni a nadie de la escuela. Envidié a mi amiga por tener al hombre malo como profesor y poder disfrutar de las prohibiciones que les brindaba.

Compartir ese secreto, descubrí que era de las cosas más atractivas y estimulantes de la vida, especialmente cuando la tuya está rodeada de prohibiciones, secretos, malos entendidos y juicios espeluznantes sobre cosas de parejas.

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