-Entonces, ¿vas a irte?

-Sí.

-¿Tu trágica experiencia de hace tan poco tiempo no te ha hecho reflexionar?

-No puedo. No sé.

-No voy a insistirte. Ya sabes lo que dejas aquí. Como decimos nosotros:

“tu misma”

Varias capas superpuestas de pensamientos me decían que escuchara a don Rafael; pero las desechaba a tortazos. Montse incluso me dijo que podía quedarme en su casa, hasta para siempre. Que me había cogido gran cariño, que no me dejara engañar de nuevo, que ese hombre era así y que acabaría conmigo.

Él, el hombre malo, sabía lo que había que hacer para quedar bien. Mandó a la tienda dos botellas de cava en una cesta preciosa y flores. Don Rafael cuando llegó el obsequio que yo recibí con gran alegría dijo: Peor de lo que pensaba. Sabe hacer el papel que se requiere en el momento adecuado.

Me despedí con lágrimas de emoción. Ellos vieron el cadalso.

No nos volvimos a ver.

Nos subimos en un tren.

Leyó todo el viaje. A mí me aconsejó que hiciera lo mismo por la largura del trayecto. Me dejó una novela encima de las piernas. Me relajé y dejé que todo mi cuerpo se quedara en reposo, casi catatónico. Controlé la respiración y cancelé cualquier pensamiento inquietante.

Ya está hecho, me dije.

Llegué a dormir. Seguía cansada. No pensaba decirle nada sobre lo que había hecho con mi intento porque seguro que se enfadaría mucho y no quería eso. Esa experiencia desesperada se quedaba en Barcelona en algún armario de la tienda de anticuarios. Un escondite perfecto. Cualquier cajonera con filigranas incrustadas y olor a muy viejo serviría para unirse a otras historias antiguas que habrían ocurrido mientras ella prestaba sus servicios en las casonas antiguas y destartaladas que ahora eran objeto de desahucio a causa de la reciente moda de pisos en el ensanche de la ciudad con entrada cochera y dos plantas. Miradores en el primero con vistas a la calle donde los señores de la casa sentados en ambos sillones modernistas leerían la prensa y observarían el tráfico tan loco que se desataba en Barcelona. Me avisó después de muchas horas de tren, que llegábamos a una estación en la que debíamos dejar éste y esperar la llegada de otro que nos conectaría con nuestro destino. Ahora sabía adónde me llevaba.

De nuevo Gijón. Me entraron arcadas muy violentas y me incorporé intentando controlarlas. Por primera vez el pensamiento se me llenó de dudas y me sentí engañada, pero cómo iba a poder con esa carga decepcionante y espantosa. No, eran dudas razonables. Él no me haría una cosa así, estaba segura. Aquél mal pensamiento se me quedó en algún rincón de la cabeza y siguió asaltándome el resto del viaje. Él había creado una barrera con su actitud que no me permitía preguntarle. Se había cerrado y obedecerle era la única alternativa que se me ofrecía.

Volvió a empezar el libro. Me di cuenta y me produjo cierta extrañeza, pero volvía a mi reflexión sobre él y seguro que si le preguntaba me contestaría algo de su lógica, pero irrevocable.

Llegamos a Gijón.

Cogimos un taxi hasta la casa de su amiga.

Nos esperaba.

A mí me ofreció dormir en su misma cama.

Me había desprendido de todo criterio, así que obedecí y le pregunté si podía meterme ya en la cama y me dijo que claro que sí, que no me despertaría al regresar para dormir.

No puedo seguir. La primera reflexión que se haría cualquier persona que leyera esto, es que una persona que aguanta y reincide en la misma situacion y no modifica su comportamiento ni se permite siquiera cuestionarlo, es que tiene una inmadurez rayana en la estupidez o en el retraso. No puede buscarse una lógica ni un razonamiento medianamente consecuente. Es la idiotez o la locura.

Yo estaba ahí. Y todavía seguí un tiempo más en el cual me quedé preñada. Me llevó a un médico para abortar, pero no llevaba dinero y nos dijo que se pagaba por adelantado y que cuando le entregáramos lo que pedía volviéramos a llamarle. Y adiós.

Su amiga le dijo que ella no tenía ahorros y que hasta ahí no llegaba y que por favor nos fuéramos porque llevábamos demasiado tiempo y empezaba a ser peligroso. Sabes que yo no me la quiero jugar con menores y que te acepté a ti, no sé por qué, pero no me estrujes más. Quiero estar tranquila para que la policía no me visite más que para follar.

Tienes razón, mañana nos vamos.

Nos ofreció ayuda momentánea la mujer que hacía la limpieza y en compañía de la que yo misma dormía en el suelo de la cocina.

Al día siguiente salimos hacía la cabañita que Pilar, así se llamaba mi compañera de cocina, había comprado en un pueblecito de la cuenca minera. Nos dijo: No más de tres días. Aquí todo el mundo se entera de todo y tampoco yo quiero compromisos.

Gracias, Pilar, le dije.

A los dos días me dejó en la carretera general de Madrid para que me fuera en auto stop adonde yo decidiera.

Y, sí, hice autoestop, cómo no.

 

 

Un médico me zarandeaba mientras me preguntaba qué había hecho. Le respondí que no tenía dinero para una pensión y que me había tomado pastillas para poder dormir. Me dijo: Eres muy lista.

El intento de suicidio estaba penado con cárcel.

Según me dijeron, un hombre que pasaba en coche por la carretera se paró al verme tirada en la cuneta. Me llevó a un hospital. El médico me dijo que me habían violado. Que seguramente el guarda del parque. No dije nada y no me importó en absoluto.

A los pocos días me desperté en la cama de un reformatorio lleno de chicas descarriadas como yo y me dieron las normas a seguir. No se puede hablar entre vosotras ni con monosílabos, solo ante una monja y durante una hora después de la comida. Lavarse por partes sin desnudarse. No recibir ni enviar correspondencia y cualquier otra cosa significaría expulsión inmediata. Aceptar todas las órdenes sin una réplica.

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Aquí lo dejo. Hay muchas más cosas que creo que se pueden deducir sin especificar demasiado. No quiero resultar excesivamente pesada. Las mujeres sabemos mucho de cosas parecidas que acaban en muerte.

Yo ahora, estoy en los 91. La vida escrita es como el cliché de las fotos de nuestra vida. Vamos anotando los que ya han desaparecido. Ponemos en un sobre aparte las de los

muertos a los que quisimos. Cuando les dedicamos muy de tarde en tarde unos minutos a revisarlas terminamos con un suspiro largo y como si hubiéramos tragado una piedra.

Mi padre tenía el cabello ondulado. Y calzaba alpargatas para ir a la guerra.

Las reflexiones nos hacen dar brincos en nuestra memoria y en las conclusiones que sacamos a medida que el tiempo nos va derrotando por dentro y por fuera. Tampoco es cuestión de arrepentimientos causados por la debilidad que nos traen nuestros recuerdos a veces incómodos o sencillamente vergonzantes. La pena que envolvió toda mi infancia se la achaqué siempre a mis tías y un día me asaltó una interpretación mucho más madura y comprensiva. Ellas eran secas y amargas, pero nos recogieron a mi hermano y a mí y nos cuidaron como seguramente hubiera hecho con sus hijos, que, por cierto, ninguna de las cuatro tuvo. Éramos los hijos de su hermano que estaba en el frente de Teruel y solo había dos opciones: Ingresarnos en un hospicio o quedarse ellas con nosotros lo cual suponía un compromiso a tan largo plazo que sus vidas quedaban reducidas a nuestro cuidado. Y entre otras cosas, la guerra nos tenía apresados a todos. Había que esperar a después y que Dios diría. La única que podía decidir casarse era mi tía Adela, joven y guapa y la vida seguiría con mi tía Pilar al mando. Ella había renunciado a casarse porque su novio había muerto en la guerra y creía que jamás se iba a recuperar para volver a ilusionarse. A Pepa no le interesaban los hombres y nunca le conocí ni siquiera amistades y Angelina, estaba destinada a trabajar en la casa para que las demás se dedicaran a coser y bordar para ganarse la vida y mantener a toda la familia. Nuestra presencia en la casa alteró o fijó definitivamente sus vidas.

Pasados años, no recuerdo cuántos, restablecí las relaciones con ellas, les pedí perdón y como me había casado, que era lo importante para ellas, ya no habría más sobresaltos por mi culpa. Habían nacido mis tres hijos y las tranq

ilizaba mucho verme tan dedicada al trabajo y a los niños.

Pero no era completamente cierto. Mi vida no puedo calificarla de burguesa y convencional. Me gustaban cosas que no entraban en los hábitos establecidos por y para las personas decentes, pero ellas no lo supieron nunca. Prestaba mi casa un día a la semana para reuniones de una célula del partido comunista y en una moto con sidecar íbamos repartiendo la revista: Mundo Obrero por Barcelona. Mi trabajo también era muy distraído y divertido y nunca rechacé alguna aventura apetecible; un viajecito, unas vacaciones… noches en los cabarets que abundaban en Barcelona… aunque era una vida maldita por la política, yo intentaba saltar para que no me salpicara la mierda. Leía libros publicados en La Argentina y que estaban prohibidos aquí…Y el marido falangista ya había caducado hacía tiempo. Una vez le robé el documento de identidad para entregárselo a la célula para salvar a alguien. También empecé a ir a Perpignan al cine. Nada de porno. Cine de calidad de muy buenos directores especialmente franceses y que aquí tampoco se podían ver…

Despertábamos ayudados por las turistas, el rock, y la droga un poco más tarde, que inocentemente creíamos que solo era una costumbre de los adelantados del mundo, y nos apuntamos. Queríamos alcanzar a los más modernos de los modernos. Mientras, Franco se murió firmando sentencias de muerte.

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