Conocí al hombre malo.

A las chicas que estudiábamos en Bellas Artes nos invitaron a una presentación para actuar de figurantes en una obra de teatro cuya recaudación iría a beneficio de la Organización de Ciegos. Como quienes convocaban eran los profesores de Bellas Artes, mis tías, aunque tiesas por verse obligadas a decir que sí, accedieron. Iba a salir al escenario del teatro Filarmónica de Oviedo y, solo de imaginarlo, me entraba un tremendo dolor de barriga. Sobre todo porque, entre trabajar en un taller de costura recogiendo alfileres y clavándolas en el acerico, pasar hilos por encima del jaboncillo, y encarar las piezas para que la oficiala las hilvanara, a salir en un escenario teatral, el salto era de vértigo aunque solo fuera para hacer bulto.

Para ese evento llegó al teatro El hombre malo. Su ayudante desechó a muchas porque pretendía que todas fuéramos de la misma estatura y al menos, delgaditas y con formas, además de tener el cabello castaño oscuro y a la altura de los hombros. Después de dos horas el grupo quedó formado. Yo entre ellas. La edad no era importante, pero de no menos de diecisiete y sin llegar a los veinte cumplidos. Para la admisión definitiva, el hombre malo se dirigió a nosotras y nos dijo que su ayudante Marina, pasaría de una en una midiéndonos el contorno del pecho. Las chicas nos revolvimos inquietas, pero él, un tanto despreciativamente, nos dijo: Ninguna de vosotras llegará a nada con esos miramientos tan provincianos. Nos aceptó a todas, pero cambió, no supimos por qué, el orden en el que estábamos colocadas y que debíamos mantener.

Bajaba aún nerviosa por la escalera de salida trastornada por tantos acontecimientos, cuando a mi oído oigo decir: Eres la más guapa. Pasó a mi lado de refilón pero rozándome la mejilla con el ala del sombrero. Se fue en sentido contrario al mío.

Era él. El hombre malo. Puede ser que me estuviera gastando una broma, así que traté de no darle importancia. Tenía razón al llamarnos provincianas. Para ser moderna debía comenzar por algo y me di ánimo.

Dormía mucho mejor y a menudo se me olvidaba que una cucaracha podía tocarme los dedos si palpaba la llave de encender la luz.

Me sentía ansiosa por comenzar los verdaderos ensayos. Hasta aquél momentos solo eran unos movimientos lentos como danzas. “Sois espíritus” no sacos de castañas, nos reconvenía. Nosotras conseguimos superarnos sin que nos sintiéramos insultadas. Era solo disciplina y trabajo nos aseguraba él, y nosotras ya creíamos que estábamos en Hollywood. Los primeros días nos reíamos mucho porque nuestra torpeza nos provocaba vergüenza y sentido del ridículo, pero cada día conseguíamos mejorar.

Llegué a la escuela. Había un cartelito en la puerta del estudio en el que ponía: Hoy no hay clase. “Mañana empiezan los ensayos definitivos.”

La tarde siguiente nos reunimos un buen rato antes y una chica atrevida dijo en voz alta: ¿Creéis que esto nos servirá para iniciar algo en algún sitio? Sí, claro, nos iremos todas a Madrid dijo una espabiladita y soltamos la carcajada. Habíamos formado un corrillo mientras esperábamos al director y los nervios se nos notaban por el bailecito con el que intentábamos disimular. Al entrar don Matías en el zaguán, todas nos quedamos deslumbradas. Llevaba unos pantalones que nos causaron conmoción, una chaqueta haciendo juego y un pañuelo de colores atado al cuello. Era rubio y aquel día el pelo y los ojos le brillaban. Don Matías (el hombre malo según mi interior) nos miró con gesto burlón y dijo en general: Os habéis quedado paraditas, chicas, ¿qué os pasas? Solo es ropa americana, decía mientras nos repasaba una a una. Cogió la carpeta de ensayo y añadió: Si sois capaces de reaccionar, empezamos ya.

Había una chica un poco más alta que las demás. Era pelirroja con ojos verdes y un puñadito de pecas especialmente repartidas por las mejillas y la nariz. Me parecía preciosa. Así debió sentir también el hombre malo, porque se entretuvo delante de ella sin decirle nada hasta que por fin le pasó la mano por la melena y se acercó a la siguiente chica.

La gran actuación que se nos pedía era que pareciéramos muertas. Cada una de nosotras debía caerse sobre un lecho de plantas, todas en la misma posición con las piernas y los brazos de la manera que él había marcado. Sin rectificar un ápice. Empezamos cayéndonos como sacos de patatas, según expresión del director, hasta que poco a poco empezamos a mostrar certeza en la caída.

Las chicas nos divertíamos y cuando el hombre malo no asistía y lo sustituía otro, nos moríamos de risa por todo. Decíamos que no seríamos profesionales hasta que no se nos vieran las bragas al caernos. Los ensayos estaban a punto de acabar y una de esas noches del final, al salir de la escuela por la parte de atrás, el brazo que me sujetaba para que me parase mientras me estremecía, era la del hombre malo.

– Hola, Fa.

Me puse muy roja mientras le contestaba:

– Perdone perdone, pero se ha confundido…

– Eso no se le dice a un profesor.

– Ya, sí, claro, claro… Perdone, verá, es que me ha sorprendido y estoy un poco nerviosa.

– Te lo repito: Hola, Fa.

– ¿Ha dicho Fa?

– ¿Tan poca imaginación tienes que no lo has interpretado?

– Era imposible sentirse más insegura ni nerviosa. Las lágrimas me sorprendieron a mí misma mientras se me escapaban a borbotones.

– Vaya, vaya, me he equivocado contigo. Eres una niña. Te volveré a hablar cuando note que has crecido.

Se fue con la palabra “crecido”

Aquella noche regresaron las cucarachas.

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