–Jesús, ha regresado Manuel.

–Qué Manuel, Encarna.

–El de los Pinares.

–Ah, el americano.

–Sí. Me voy, quiero preparar unas lentejas. Hasta luego.

Jesús bebió el vaso de vino que su mujer le había dejado sobre la mesa de las herramientas. Paladeó con calma el último sorbo y encendió un cigarrillo. La llegada de Manuel lo trasladó a muchos años atrás cuando él conociera a Encarna recién abandonada por el hombre que ahora volvía desde México. Menos mal que había pasado mucho tiempo, que Encarna lo quería, que habían sido felices. ¿Felices? Él, sí, pero ella ¿también lo había sido? Se dio cuenta de que no se lo había preguntado nunca. Pero él sabía por otros matrimonios que a las mujeres se les agria el carácter y no se dejan hacer por las noches y a su Encarna nunca le había pasado eso, luego seguro que había sido y aún era feliz con él. Decidió cerrar unos minutos antes el taller y acercarse a la mercería para comprarle un pañuelo. Siguió trabajando en el banco de madera que iba a colocar en el porche el domingo.

Manuel llegó a su casa un poco más tarde de lo previsto. Se había entretenido mucho escogiendo el pañuelo.

¡Encarna¡ llamó.

Entró en la cocina. Olía al guiso de lentejas que le encantaban. Miró un plato tapado con una tapadera. Vio una chuleta de cordero. Se fijó en la mesa puesta para la cena. Un solo cubierto y un vaso con su vino preferido.

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