Esperaba por una nota, una pequeña carta en la que solo se refiriera al libro y me diera así posibilidades de comunicarme con él. No llegó nada y dejé de mirar el buzón. El verano entraba y mi cuerpo se alborotaba pensando en lo que me gustaría ir a la playa con un chico. Leía a Lorca y le decía al “mancebo” que sí, que iríamos al cine. Empecé a verlo guapo, cuando al pasar por delante de la farmacia para entrar en el portal de casa, lo veía tan seriecito y tan joven despachando medicinas o tomando apuntes para alguna pócima de las que se hacían en el pequeño laboratorio de la farmacia. Se llamaba Antonio y no quería que le llamaran por las abreviaturas tan comunes en la ciudad que los nombres parecían todos para bebés como Antonín, Antoñito, Tinín… y otros muchos. Antonio no tardó en elegir una película para nuestra primera salida. Al salir me preguntó si yo era de “tasca” o de cafetería y yo le dije que no me gustaba que me salpicaran la ropa con sidra. Se rió y tomamos otra dirección.
El hombre malo aflojaba su presión en mi cabeza y como Antonio no se parecía en nada a él, podía reposar mis emociones mientras me entretenía con Antonio. Nunca imaginé que estuviera casado. Es uno de esos hombres que siempre los ves con disponibilidad total de sus vidas, ellos hacen mucho para que las chicas los veamos así con una actitud suelta, sin prisa por que alguien les espera en casa. Casi como si “Casa” con todas sus acepciones, no existiera para él. No secaba los platos, ni le llamaba nadie para irse a la cama, eso seguro.
Sus apariciones y sus frases hirientes y con tres o cuatro sentidos diferentes, fueron disipándose. Esa situación me relajó muchísimo y Antonio ocupó el sitio que todas deseábamos para el verano: tener un chico con el que ir a pasear por el campo de San Francisco, besuquearnos con cautela, ir al cine y procurar reírme.
Había caricias por encima de la ropa.
Los chupones estaban rigurosamente prohibidos. Las madres levantaban las melenas por si los descubrían debajo.
Para las más adelantadas había besos con lengua, me contaron.
Me llegó la invitación al cine. En el Aramo habían estrenado, La mula Francis que por lo visto estaba teniendo gran éxito. La gente se moría de risa solo por comentarla, así que fuimos al cine.
Yo con el primer chico que me llevaba del brazo. Él con la primera chica a la que me confesó, sería su novia dentro de poco.
Leía a Lorca con la pasión que me produjo su llegada a mis manos. Sabía muy poco de él, pero el hombre malo me había relatado mucha parte de su vida, desde la Finca de San Vicente hasta sus representaciones por los pueblos con sus poemas, además de otros autores, que quizá no podrían leer nunca porque los que asistían eran analfabetos, campesinos de varios pueblos a la redonda , pero interesados por aquél acontecimiento que traían desde tan lejos. Al menos podrían recordarlo como la tarde más bella pasada en una cuadra limpia para el acontecimiento que les llevaba La Barraca a sus humildes pueblos.
Leer a Lorca me traía recuerdos que no deseaba que me vinieran a trastocar, pero a la vez de nadie había podido recopilar tantas cosas bonitas explicadas para mí. No podía deshacer los líos de mi cabeza, pero intentaba con la ayuda de mi boticario, que se fueran diluyendo que se los llevara a rastras la niebla que bajaba por El Naranco dejando la cuidad envuelta como para volver a nacer.
Iba a seguir con mi boticario por mucho que me costara para poder deslumbrarme a mí misma con mi capacidad.
Lo atenué, pero no lo conseguí.
Para el curso siguiente empezaría a cumplir con el Servicio Social. Me habían asignado colaborar en un diario y eso me ilusionaba mucho. No iría a la escuela de Bellas Artes. Tal vez mi vida empezara a gustarme un poco más.
