Pasé varias horas en la carretera mientras me preparaba para atravesar la incertidumbre de un nuevo viaje con desconocidos. No es que fuera una persona desconfiada, pero sí temerosa de encontrarme con alguien violento del que no sabría defenderme. ¡Calla!, me grité. Aspiré hondamente y conseguí cierto sosiego.

Venía un camión amarillo. Me dio buena espina e hice un gesto tímido de pararlo. Un chico joven se bajó y me preguntó que necesitaba.

Le expliqué mentiras y me creyó. Me dijo: Te hartarás de camión, pero te dejaré en Málaga y nos sonreímos.

Me invitaron a bocadillo y a que durmiera todo lo que me fuera posible.

Así lo hice.

Para dejarme me dieron la mano muy correctos y agradables. Nos dijimos adiós. En lugar de su cara recuerdo su cabello rubísimo y ojos claros. Era guapo. Para otro momento de mi vida. Le dije con el pensamiento: Espérame. Me metieron en el bolsón restos de sus bocadillos sin decirme nada y algunas monedas.

Me metí en un interior con un pequeño adorno de árboles desnutridos que imitaban un jardincito. Había una fuente y un banco de madera.

No debía olvidar que mis tías habrían puesto una denuncia por mí desaparición. Debía mostrarme lo más discreta posible.

Indagué un poco por las cercanías y ví en la playa un seto de pitus porun muy frondoso que no albergaba detrás casa ni construcción alguna. Seguramente cualquier cosa por la cual hubiera sido plantado había desaparecido. Era un trozo de playa muy discreto y con muy poca gente.

Últimamente no pensaba. Solo me apetecía dormir.

Únicamente lo inmediato me tenía alerta, pero más allá el mundo no existía.

El frescor de aquella hora de la tarde me alertó. Debía encontrar donde dormir sin llamar la atención de la policía. Me olvidaba que ya no tenía reloj. Miré la muñeca, pero recordé al verla desnuda que lo había vendido. Siempre olvidaba el detalle. Me sacudí la arena y desanduve el camino. Encontré una fuente con un hilito lo suficiente como para quitarme la arena. Dejé mis bártulos en el banco. No

había nadie. Miré en derredor y me agaché para hacer pipí, luego, me entretuve pasando la mano mojada en la fuente por el interior de mi ropa. La cara, también el cabello, los pechos, al final, las piernas y los pies. Me sentía fresca y cómoda y busqué entre las pocas cosas que llevaba, unas bragas. Las encontré. Me sentí confortada. Lavé en la fuente la otra y la envolví en la toalla.

Ahora debo pensar dije para mí mientras sacaba un trozo de pan desmigajado con un trozo de tortilla que sabía a gloria, donde esconderme para dormir. Giro todo mi cuerpo para ver de dónde venía el ruido y veo al único chico que cruzaba por aquel trozo hasta la playa o hacia alguno de los barcos amarrados a un pequeño paso colgante. Nos dijimos buenos días y él en lugar de seguir su camino se paró y retrocedió. Me alegré porque así pude verle mejor la cara. Tenía una expresión risueña. Era joven pero no jovencito, y, al sonreír, se le marcaban unas patas de gallo paralizadas en el gesto de entrecerrar los párpados para mirar de cara al sol. Llevaba días sin hablar con nadie y su presencia hizo que mi corazón diera señales de vida.

¿Sabes si es seguro quedarse a dormir en la playa en un rinconcito por la noche?, le lancé a bocajarro.

Soltó una carcajada por lo inesperado de la pregunta y me respondió aún con la sonrisa en los labios. Me dijo: No. No es seguro

-¿No?

-No. Seguro que no.

-Paramos ahí. Nos miramos.

-Es que…, perdona no tenía que haberte dicho esto.

-Supongo que será una preocupación para ti. ¿Es que viajas sola? ¿Adónde vas? ¿Te espera alguien en algún sitio?.

-Sí, así es. Bueno, no, esperarme no.

-¿Cómo es que estás sola? Perdona, pero es que te veo tan joven y tan perdida que me preocupas.

-Sí.

-Pues una de las posibilidades es que pueden abusar de ti, matarte y dejarte tirada en una cuneta. ¿Por qué sois tan tontas las chicas?

-Porque nos enamoran hombres que mienten a la edad en la que nosotras lo creemos todo.

– ¿Es tu caso? Por cierto, me llamo Manué.

-Manué así, sin ele? -Qué gracioso. Manué.

-O sea, que forzosamente tienes que esperar en Málaga, ¿no?

-Sí.

Por una vez y jugándome el empleo te voy a resolver lo de esta noche y mañana ya decidirás.

Gracias, Manué.

Y lo siento. Eres una chica de la que me podría enamorar. Creo.

Estoy trabajando en un barco azul que está detrás del muelle. Mira, aquél, señaló. A las nueve saldré a recogerte. Te escondes detrás de ese tocón blanco y azul. Te meteré en mi camarote y te cerraré hasta mañana a las siete que vendré a abrirte y te vas corriendo. A esa hora no hay nadie levantado. Me costaría el empleo si algo fallara, pero no pasará nada. Que tengas suerte. Si sales adelante, vuelve.

No me dio un beso. Solo: Adiós.

Me pasó más de lo que Manué había pronosticado.

Volví a Madrid aquella misma noche. No sabía por qué. Entré en un bar que estaba delante de un parque y me tomé tres, tal vez cuatro pastillas del tubo que había comprado en Barcelona con un vaso de leche para ayudar en la digestión. Empezaba a marearme y me di prisa para meterme en el parque. Me acurruqué pegada a un seto.

Desperté en la cama de una institución para chicas descarriadas, así se llamaba, que estaba regentado por monjas de clausura.

Y, sí, Manué había vaticinado bastante bien. Me había violado el guarda del parque y luego me había arrastrado y dejado en la cuneta de la carretera.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *