Un médico me zarandeaba mientras me preguntaba qué había hecho. Le respondí que no tenía dinero para una pensión y que me había tomado pastillas para poder dormir. Me dijo: Eres muy lista.

El intento de suicidio estaba penado con cárcel.

Según me dijeron, un hombre que pasaba en coche por la carretera se paró al verme tirada en la cuneta. Me llevó a un hospital. El médico me dijo que me habían violado. Que seguramente el guarda del parque. No dije nada y no me importó en absoluto.

A los pocos días me desperté en la cama de un reformatorio lleno de chicas descarriadas como yo y me dieron las normas a seguir. No se puede hablar entre vosotras ni con monosílabos, solo ante una monja y durante una hora después de la comida. Lavarse por partes sin desnudarse. No recibir ni enviar correspondencia y cualquier otra cosa significaría expulsión inmediata. Aceptar todas las órdenes sin una réplica.

 

Aquí lo dejo. Hay muchas más cosas que creo que se pueden deducir sin especificar demasiado. No quiero resultar excesivamente pesada. Las mujeres sabemos mucho de cosas parecidas que acaban en muerte.

La vida escrita es como el cliché que contemplábamos al trasluz. Vamos dejando aparte los que ya han desaparecido y sabiendo que a nadie le van a interesar, los tiramos a la basura. Ponemos en un sobre aparte las fotos de los muertos a los que quisimos. Cuando les dedicamos muy de tarde en tarde unos minutos a revisarlas terminamos con un suspiro largo y como si hubiéramos tragado una piedra.

Mi padre tenía el cabello ondulado. Calzaba alpargatas en la guerra. En Teruel y en invierno.

Las reflexiones nos hacen dar brincos en nuestra memoria y en las conclusiones que sacamos a medida que el tiempo nos va derrotando por dentro y por fuera. Tampoco es cuestión de arrepentimientos causados por la debilidad que nos traen nuestros recuerdos a veces incómodos o sencillamente vergonzantes. La pena que envolvió toda mi infancia se la achaqué siempre a mis

tías y un día me asaltó una interpretación mucho más madura y comprensiva. Ellas eran secas y amargas, pero nos recogieron a mi hermano y a mí y nos cuidaron como seguramente hubiera hecho con sus hijos, que, por cierto, ninguna de las cuatro tuvo. Éramos los hijos de su hermano que estaba en el frente de Teruel y solo había dos opciones: Ingresarnos en un hospicio o quedarse ellas con nosotros lo cual suponía un compromiso a tan largo plazo que sus vidas quedaban reducidas a nuestro cuidado. Y entre otras cosas, la guerra nos tenía apresados a todos. Había que esperar a después y que Dios diría. La única que podía decidir casarse era mi tía Adela, joven y guapa y la vida seguiría con mi tía Pilar al mando. Ella había renunciado a casarse porque su novio había muerto en la guerra y creía que jamás se iba a recuperar para volver a ilusionarse. A Pepa no le interesaban los hombres y nunca le conocí ni siquiera amistades y Angelina, estaba destinada a trabajar en la casa para que las demás se dedicaran a coser y bordar para ganarse la vida y mantener a toda la familia. Nuestra presencia en la casa alteró o fijó definitivamente sus vidas.

Pasados años, no recuerdo cuántos, restablecí las relaciones con ellas, les pedí perdón y como me había casado, que era lo importante para ellas, ya no habría más sobresaltos por mi culpa. Habían nacido mis tres hijos y las tranquilizaba mucho verme tan dedicada al trabajo y a los niños.

Pero no era completamente cierto. Mi vida no puedo calificarla de burguesa y convencional. Me gustaban cosas que no entraban en los hábitos establecidos por y para las personas decentes, pero ellas no lo supieron nunca. Prestaba mi casa un día a la semana para reuniones de una célula del partido comunista y en una moto con sidecar íbamos repartiendo la revista: Mundo Obrero por Barcelona. Era muy expuesto porque si un periódico hubiera volado nos hubiera costado muy caro. Mi trabajo también era muy distraído y divertido y nunca rechacé alguna aventura apetecible; un viajecito, unas vacaciones…conocí a una persona para ir al cine y viajábamos a Francia para atiborrarnos. Aunque era una vida maldita por la política, yo intentaba saltar para que no me salpicara la mierda. Leía libros publicados en La Argentina y que estaban prohibidos aquí…Y el marido falangista ya había caducado hacía tiempo. Una vez le robé el documento de identidad para entregárselo a la célula para salvar a alguien.

Despertábamos ayudados por las turistas, el rock, las revistas extranjeras que comprábamos de estraperlo y todo lo que cayera en nuestras manos.

La droga entró un poco más tarde, que inocentemente creíamos que solo era una costumbre de los adelantados del mundo, y nos apuntamos. Queríamos alcanzar a los más modernos de los modernos. Quién en aquellos años no querría ser un Rolling. Mientras, Franco se murió firmando sentencias de muerte.

Se me escapaba aclarar un detalle sobre el hombre malo: Desde el primer momento fingí que me gustaba el sexo con él. Creo que siempre supo que no era cierto, pero dejó que mintiera y actuara. Debió divertirle mucho.

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