Voy a traer a estas páginas la historia que viví con el hombre malo. No voy a recrearla, si no a referirla sin pararme en detalles. Como si fuera la lista del super. De otra forma, creo que no podría. Os espero al final de este capítulo, cuento o relato.
Naturalmente dejé a Antonio en cuanto el hombre malo reapareció en mi vida. Fueron encuentros discretísimos ya que el ser vistos por alguien deseoso de destapar una amistad o relación inapropiada produciría un escándalo inmediato.
Me preguntó un día.
-¿Eres vírgen?
-No, le contesté.
_Menos mal, me dijo tras un soplido de descanso.
_ Te voy a llevar a un sitio. ¿Quieres?
_Bueno, sí.
Los encuentros se empezaron a hacer imposibles. Nos apretujábamos en su coche parado en alguna carretera intransitada, pero era muy peligroso y yo no podía dormir de preocupación por si mis tías se enteraban. Él me llenaba la cabeza con ideas que significaban un regalo para mi pobre desarrollo intelectual: Eres una mujer brillante, inteligente. He medido tu nivel sin advertirte nada y eres sobresaliente. En cualquier lado vas a encontrar donde trabajar, estudiar, relacionarte. Vas a colmarte de conocimientos que jamás encontrarías en una ciudad pacata como esta. Tu escenario está lejos, fuera de aquí. Yo voy a proporcionarte toda la ayuda que necesitas. De momento he preparado un documento falso, claro, de una empresa inglesa que acepta que trabajes en una casa para cuidar a unos niños a la vez que irás a clases de inglés todos los días y en cuanto estés preparada te proporcionarán un trabajo estupendo. Si lo que al final quieres es desprenderte de mí, claro. Solo me faltaba este final para entrar en un llanto que sabía que a él le horrorizaba, pero, aunque me cobijaba como podía para no estallar, el dominio sobre mí era muy débil.
Prepárate porque si eres como ye te veo y creo, el lunes de la semana que viene cogerás en la estación del Norte un autobús que te dejaría en la frontera, pero tú te bajas en Bilbao. A la chica que te dará el billete cuando te subas al autobús y que es amiga mía, no le digas nada de donde te bajas.
Sufrí una gastroenteritis y un dolor de estómago imparable. No dormí en toda la semana y a mis tías les enseñé el documento. A mi padre, días atrás, le había ido a ver a su
trabajo para pedirle que me firmara para el permiso del pasaporte. No nos dijimos nada. Solo le susurré: Gracias, papá.
Llegó el día.
Una chica, al parar el autobús en la estación del Norte, me llamó por mi nombre y me entregó el billete. Mi tía Pilar, me decía adiós. Por suerte se paró solo cinco minutos y salimos con destino a la frontera.
Llevaba la dirección de un hotel. Naturalmente yo no iba a nada a Bilbao. Él me había citado allí para reunirse conmigo y juntos emprenderíamos una vida de cine.
Cuando el autobús se fue y me quedé sola en aquella estación sentí una emoción inmanejable. El mundo que había dejado había sido frío y hosco conmigo. Quería empezar por animar a que mi verdadera forma de ser saliera a flote, que me reconociera en ella, que, desde muy pequeña, había sabido que otras formas de vida tenían que existir y que yo las exploraría de la mano de aquél hombre maravilloso.
Llegó por la noche.
Al día siguiente me explicó que debía regresar, que su mujer lo había amenazado con decírselo a sus hijos y que los “papeles” legales tardarían unos días. Que regresaría rápido.
Se fue. Pasaron quince días en los que no tuve noticias. Al fin regresó.
Seguían sin arreglarse los papeles. Su mujer se había enfadado mucho. Nos acercaríamos más a Asturias y que regresaría rápido.
Me dejó en Castrourdiales.
Pasé allí tres semanas.
Regresó y estalló en rabia porque le expliqué que notaba que los huéspedes me miraban raro, nadie me dirigía la palabra ni para decirme buenos días y todo el ambiente resultaba desconfiado y hosco. Quise darle un beso y me apretó el brazo con rabia para alejarme, advertirme que él y yo no éramos una pareja normal y que no debía publicarlo. Se enfadó. Mi llamó inmadura y niña. Esas palabras eran insultos dichas por él.
Nos acercamos un poco más a Asturias, me volvió a dejar, pero el regreso para siempre me aseguraba, era inmediato, y que qué era eso de desconfiar de él. Que jamás nadie se hubiera atrevido.
Tardó más en regresar. Me daba vergüenza pasear por el pueblo que era lo único que podía hacer. Llamaría la atención. Qué hacía allí una chica forastera y joven, vestida de ciudad.
Me empezaba a sentir enferma pero no me atrevía a decírselo. La rabia interior debía notarse en la expresión de mi cara, porque me dijo: Te llevo a donde digas, y me voy, si es lo que parece que quieres. Volví a llorar. Le pedí perdón. Me llevó a Zamora. Me dejó en un hotel de la capital.
Me dejó en Palencia.
Me dejó en León.
Me dejó en Soria.
Me dejó en…
Iba a cumplir el año que me iba zarandeando por ciudades a las que podía llegar en un día de coche. También estuve un mes sin salir a la calle en una casa de prostitución en Gijón cuya dueña era amiga suya.
La empleada que tenía para la limpieza y yo dormíamos en el suelo de la cocina para no ocupar habitaciones.
Al fin me propuso Barcelona. La ciudad me podía ofrecer posibilidades de distracción y hasta de trabajo si lo buscaba y que podía empezar a experimentar el cambio a una ciudad moderna y grande. Que el tiempo pasado no tenía importancia y que suponía, que una chica inteligente como yo, lo habría empleado para fortalecerse.
Me dejó al cabo de dos días de llegar en una pensión en Vía Layetana. Me compró, una guía de Barcelona.
La guía de la ciudad empapó muchas lágrimas. Por suerte, él no me veía.
Compré el periódico La Vanguardia que llevaba varias páginas con ofertas de trabajo. Conté el dinero que me quedaba. No me llegaba para la semana, eso sin contar con comer. Compraría pan y algo.
Por las noches lloraba hasta caer rendida.
Sentada en una silla en Las Ramblas se acercaron un par de chicas y ocuparon las siguientes a mí. Nos vimos retratadas y nos pusimos a hablar. Esa noche fui a dormir a su pensión que estaba en el barrio chino. Una era almeriense y la otra gallega. La almeriense nos dijo: Chicas, mañana tenemos que desayunar así que esta noche no me esperéis. Nos contamos nuestras breves y desastrosas vidas y nos despedimos hasta después. Me quedé con ellas. Era mucho más barato y mucho más grato en su compañía.
Al día siguiente desayunamos.
Sentados a nuestro lado había dos hombres jóvenes que empezaron a preguntarnos cosas. Uno de ellos se dirigió a mí y me dijo: Si mañana estás aquí y sigues buscando empleo, yo te lo puedo proporcionar.
Las tres pensamos que era una oportunidad y que debía presentarme a ver qué pasaba, aunque podía ser cualquier cosa indecente. Al día siguiente fui sola. Estaba en el bar. Me invitó a desayunar. Me dijo: Tengo una tienda de antigüedades en el Gótico y necesito una chica. Te he elegido a ti porque te he visto con clase y te expresas muy bien. Me puedes servir. ¿Qué te parece? Me pagaba poquito, pero incluía una habitación, comía al lado de la tienda en una tasca de la que era cliente, y me daba suelto para el bus.
Le dije hasta mañana a las diez en punto y muchas gracias.
Seguí las relaciones con las otras dos chicas. La andaluza se colocó en una cafetería y la gallega en la prostitución. Dijo que con siete años iba a recoger, descalza, castañas para comer y que ya había trabajado como un animal hasta los quince. Que la prostitución le parecía una salida y que era analfabeta.
Empecé en la tienda. Había una dependienta mucho mayor que yo que era encargada. Nos entendimos muy bien y me acogió sin recelo. No sabía nada del hombre malo. El dueño de la tienda al que le conté la historia, se llamaba don Rafel. Me dijo que era un estafador mentiroso y egocéntrico, abusador de mujeres de la peor calaña porque se dedicaba a jóvenes sin experiencia ni malicia que era veneno puro y que a su lado mi vida se descompondría.
Esa fue su sentencia.
Yo no le creí e inventé toda clase de maravillas en una justificación que escuchó en silencio. Sin embargo, por primera vez, una persona sensata, sin rencor, me daba su parecer.
La tristeza que se unió a la desesperación por su falta de comunicación, dejaba huella evidente en mi salud. Iba a la pensión de Vía Layetana cada día esperando carta suya. Nunca había nada.
Llevaba varios meses sin comunicación.
No lloraba.
Disimulaba mi estado, pero adelgazaba sin parar. De mis cuarenta y ocho kilos al menos había perdido cinco.
No sabía qué era de mí. Me había disuelto en nada.
Frente al anticuario había una farmacia. El empleado, un joven que estaba reuniendo dinero para irse a las Américas, me vendió Veronal.
No supe el porqué de comprarlo si tenía uno. Me recordó a Antonio, el ovetense. Repetí la escena con él y también aceptó vendérmelo. Noté que se me humedecían los ojos. Me asaltó una ternura que hacía tiempo no notaba. Lo había abandonado casi sin explicaciones. No merecía tal cosa. Era un chico estupendo. Ojalá él esté cumpliendo sus sueños, añoré.
Estaba en mi habitación y contaba la calderilla que necesitaba para el bus del día siguiente. Ya me había desnudado. Se me cayeron unas monedas al suelo. Me puse a cuatro patas buscando los céntimos que habían rodado por debajo de la cama. No los encontraba. Incluso moví el mueble para ver mejor. No encontraba los cinco céntimos que me faltaban. Me puse a llorar con desesperación. Aquella moneda desaparecida fue el detonante de una crisis de llanto que intentaba frenar metiéndome en la boca un trozo grande colcha. Me ahogaba. Salí de debajo de la cama. Sofocada, nerviosa y extenuada. Abrí el grifo del lavabo y me serví un vaso de agua. Me senté en le cama. Abrí el tubo de pastillas y empecé a tragarlas.
Por lo visto un huésped me había visto tambaleándome en el pasillo y se dio cuenta de mi estado. Llamó a la dueña de la casa que a su vez llamó de inmediato a don Rafael que llegó a los pocos minutos. Reaccionó inmediatamente. Me trasladaron a la consulta de un médico amigo suyo. Me hizo un lavado de estómago y quedé limpia. Dormí muchas horas en casa de la dependienta de la tienda que se llamaba Montse.
Amanecí en su casa y me contó todo lo que había ocurrido.
Esta historia continuará…
