El verano, como los helados, se desliza amorosamente dentro de nuestro cuerpo. Me acompaña Antonio. Estamos sentados en un prado. Hay cuevas de grillos y solo con meter una paja fina en la cueva, el grillo con su “p” de príncipe en el lomo sale a indagar. Como no es una cucaracha, no me asusta. Antonio habla poco. Los silencios son muy confortables porque puedo pensar en muchas cosas mientras tanto. A él dice que le gusta verme “pensar”.
Me veo en la casa de las tías donde viví. Un día una de ellas me dijo: No digas nunca mi casa, ésta no es tu casa. Vives en nuestra casa. No sé porqué tengo que acordarme siempre de cosas que me producen malestar, o incluso dolor. Como cuando se me viene a la memoria la tía Pepa.
La tía Pepa fue la encargada, decidido por mi tía Pilar, de dejar el trabajo de costurera en casas particulares para dedicarse a criarnos a mi hermano y a mí. Mi madre murió en un hospital que recibía a soldados heridos en la guerra. Seguramente las medidas de higiene debían ser muy escasas y enfermó de fiebres puerperales. A los ocho días de nacer mi hermano se murió. Mi padre no tuvo permiso para asistir al entierro. Estaba en el frente de Teruel y allí recibió la noticia de aquellos acontecimientos a sus veinticuatro años. Estaba donde le habían enviado, no dónde hubiera deseado. “Guerra” fue una de las primeras palabras que aprendí. Había ido eludiendo hablar de Pepa. No me maltrató, pero jamás recibí una caricia suya. Le tenía miedo. Me dolía la barriga cuando me veía obligada a pedirle algo. Lo peor era cuando no me contestaba. Me sentía desairada, inquieta por no saber qué hacer. No debía repetir la pregunta porque me contestaría: Ya te oí. Sin más. A veces simplemente me decía: Quítate de en medio. Entonces me iba porque mi vecina Mariluz me esperaba en el portal. La barriga dejaba de dolerme. Tuvieron que pasar muchos años hasta que aceptara, que, a su manera, tal vez me quiso. Pero nunca pude recordarla con cariño. Mientras mi padre vivió con nosotros, solo saber que a mediodía llegaba para comer y darme un beso compensaba las horas que lo esperaba. Necesitaba muchos mediodías con beso para que me desapareciera el dolor de barriga, pero cuando aquella noche le quitaron la llave para entrar en casa y lo oí bajar por la escalera hasta la calle, me invadió una cosa que se llamaba tristeza y no se me quitó aunque alguien nos llevara al cine o nos comprara un pirulí. Mi hermano no preguntaba por él. Pepa lo abrazaba y nos llevaba al parque. Yo me aburría y cuando encontraba la ocasión le pegaba a mi hermano tortas en la cara hasta que Pepa me daba una sacudida y me lo quitaba. Les decía a sus hermanas que yo le pegaba con “saña”.
Cuando alcancé a abrir la puerta de la calle me encargaron de ese quehacer, y todas las tardes desde las tres, hora en la que llegaba la primera chica, hasta las cinco la hora de la última, no paraba de correr por el pasillo arriba y abajo hasta la puerta y abrir. Eso me gustaba. Las chicas que iban a la academia de mi tía Pilar a aprender corte y confección solían ser jóvenes y muy simpáticas; me saludaban con cariño y hasta con besos. Como iban el curso completo, ya hacia el final, le decían a mi tía Pilar que les gustaría mucho llevarme a sus casas unos días. Mi tía Pilar dijo siempre que sí, y, cada año, al llegar el verano, me iba con una u otra a sus casas de la aldea a pasar unos días. El problema estaba en que no quería regresar a casa de las tías y se veían obligadas a engañarme para devolverme.
A Pepa no pude aprender a quererla. Intenté justificarla por su carácter huraño, pero mi hermano y yo fuimos un trastorno tan grande en sus vidas que por nosotros se vieron obligadas a cumplir lo que a tantas familias se les vino encima. Quedarse con todos los pares sueltos dejados por la guerra.
No dudo de que ella sí me quiso.
Tal vez.
Llegó una tarjeta a mi nombre. Solo el nombre. Casualmente cuando el cartero iba a silbar con los tres pitidos correspondientes yo entraba en el portal y me la entregó. Las piernas me temblaban mientras deducía qué decía la tarjeta y constatar de quién era.
“Si te aburres tú tienes la culpa o eres menos inteligente de lo que yo creía.”
Las impertinencias son su especialidad, me dije.
Volví a salir del portal.
Al hombre malo le encantaba enseñar los dientes.
Paseé un buen rato hasta poder tranquilizarme y entrar en casa con aspecto normal.
Me hubiera gustado en ese momento un beso de Antonio de los que tranquilizan, de los suaves, de los amorosos sin más.
Pero ya habían cerrado la farmacia.
