No recuerdo su cara, pero sí el calor de su actitud. Era primavera. Y Málaga. Y la mañana en la que había decidido hacer autoestop a Madrid. Me había ido de la pensión porque ya no me quedaba dinero para más noches. El camarero de la cafetería de los bajos de la pensión, cada mañana, y como si supiera que no tendría dinero para comer el resto del día, me daba unos desayunos generosos y muy ricos mientras me miraba con inquietud. Yo le respondía con un gesto encantador y risueño como si fuera normal, y para trasmitirle que estaba bien que no se preocupara. Seguro que sobre los años cincuenta y pocos no resultaba nada normal. Decidí hacer lo que cada día; ir a la playa a dormir un rato. El frescor del aire combinado con el sol me producía un sopor que me duraba horas.

No debía olvidar que mis tías habrían puesto una denuncia por mí desaparición. Debía mostrarme lo más discreta posible.

En la playa había un seto de pitus porun muy frondoso que no albergaba detrás casa ni construcción alguna. Seguramente cualquier cosa por la cual hubiera sido plantado había desaparecido. Era un trozo de playa muy discreto y con muy poca gente.

Últimamente no pensaba. Solo me apetecía dormir.

Únicamente lo inmediato me tenía alerta, pero no llegaba ni al borde de mi vestido.

El frescor de aquella hora de la tarde me despertó.

Me miré la muñeca, pero recordé al verla desnuda que había vendido el reloj. Me sacudí la arena y desanduve el camino hasta encontrar la fuente a la que acudía cada tarde para quitarme la arena. Dejé mis bártulos en el banco. No había nadie. Miré en derredor y me agaché para hacer pipí, luego, me entretuve pasando la mano mojada en la fuente por el interior de mi ropa. La cara, también el cabello, los pechos, al final, las piernas y los pies. Me sentía fresca y cómoda y busqué entre las pocas cosas que llevaba, unas bragas. Las encontré. Me sentí confortada. Lavé en la fuente la otra y la envolví en la toalla.

Ahora debo pensar en el viaje a Madrid, dije para mí mientras sacaba un trozo de pan desmigajado con un trozo de tortilla que sabía a gloria. Pensaba que como en los camiones van dos chóferes, deduje que era más seguro contra la posibilidad de una violación, que si fuera solo uno. Aunque me alarmaba un poco viajar de noche que es, dicen, cuando la ruta es más tranquila. Pero… tantos kilómetros de noche…

Giro todo mi cuerpo para ver de donde venía el ruido y veo al único chico que cruzaba por aquel trozo hasta la playa o hacia alguno de los barcos amarrados a un pequeño paso colgante. Nos dijimos buenos días y él en lugar de seguir su camino se paró y retrocedió. Me alegré porque así pude verle mejor la cara. Tenía una expresión risueña. Era joven pero no jovencito, y, al sonreír, se le marcaban unas patas de gallo paralizadas en el gesto de entrecerrar los párpados para mirar de cara al sol. Llevaba días sin hablar con nadie y su presencia hizo que mi corazón diera señales de vida.

– ¿Sabes si es seguro hacer autoestop por la noche?, le lancé a bocajarro.

– Soltó una carcajada por lo inesperado de la pregunta y me respondió aún con la sonrisa en los labios. Y me dijo: No. No es seguro

– ¿No?

– No. Seguro que no.

– Paramos ahí. Nos miramos.

– Es que…, perdona no tenía que haberte dicho esto.

– Supongo que será una preocupación para ti o para alguna amiga y por eso lo has dicho así sin pensar.

– Sí, así es.

– ¿Quieres seguir?

– Sí.

– Pues una de las posibilidades es que pueden abusar de ti, matarte y dejarte tirada en una cuneta. ¿Por qué sois tan tontas las chicas?

– Porque nos enamoran hombres que mienten a la edad en la que nosotras nos lo creemos todo.

– ¿Es tu caso? Por cierto, me llamo Manué.

– Manué así, sin ele? -Qué gracioso. Manué.

– O sea, que forzosamente tienes que ir a Madrid, ¿no?

– Sí.

– ¿Un novio?

– Sí.

– Al menos ve por el día. Sal temprano a la carretera y llegarás antes de que anochezca. ¿Cómo te llamas?

– Elvira.

– Te voy a ayudar, aunque sé el riesgo al que te expones, pero veo que estás decidida.

– Y lo siento. Eres una chica de la que me podría enamorar.

– Estoy trabajando en un barco azul que está detrás del muelle. Mira, aquél, señaló. A las nueve saldré a recogerte. Te escondes detrás de ese tocón blanco y azul. Te meteré en mi camarote y te cerraré hasta mañana a las siete que vendré a abrirte y te vas corriendo. A esa hora no hay nadie levantado. Me costaría el empleo si algo fallara, pero no pasará nada. Que tengas suerte. Si sales adelante, vuelve.

No me dio un beso. Solo: Adiós.

Me pasó más de lo que Manué había pronosticado.

Llegué a Madrid. Entré en un bar que estaba delante del parque y me tomé el contenido del tubo que había comprado en Barcelona con un vaso de leche para ayudar en la digestión. Empezaba a marearme y me di prisa para meterme en el parque. Me acurruqué pegada a un seto.

Desperté en la cama de una institución para chicas descarriadas, así se llamaba, que estaba regentado por monjas de clausura.

Y, sí, Manué había vaticinado bastante bien. Me había violado el guarda del parque y luego me había arrastrado y dejado en la cuneta de la carretera.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *