Mi tía Adela era la más guapa de todas las hermanas de mi padre. La última de once había reunido la belleza que sus padres habían reservado para colmar la familia. Además, salió alta (prudencialmente) delgada y esbelta. Toda la familia sabía que podría elegir al hombre que le apeteciera sin problemas. Ella también lo sabía. Sus hermanas le decían que, de todas maneras, no se entretuviera demasiado porque en ese momento, y con dieciocho años, se encontraba en toda su plenitud y que eso pasaba en un soplo. Adela no lo creía, estaba segura de que su belleza le iba a durar una eternidad y no tenía prisa por casarse. Le encantaba ir a bailar, encandilar a los hombres y se estaba volviendo experta en seducirlos hasta hacerlos perder el control cuyo límite ella había estipulado por adelantado. Ahora mismo la recuerdo con un vestido de seda rojo: falda estrecha, con una abertura lateral hasta casi la rodilla, escote sin abrir a un lado de los hombros, pero con el otro completamente descubierto lo que hacía que la seda se le deslizara descuidadamente apareciendo más cuerpo desnudo. ¡Bendita República!, decía ella que no sabía nada de la república, pero esa libertad que había traído, a Adela, la entusiasmaba.
Al fin, llegó un día a casa y les dijo a sus hermanas que tenía novio formal.
Ese novio formal vivía a una hora de tren de Oviedo e iba a verla los sábados. Sobre las cinco de la tarde llamaba a la puerta un niño recadero para entregarle una notita a Adela. Decía: te espero abajo. Al niño le daba un céntimo y se iba corriendo. Adela ya estaba arreglada e impaciente y nerviosa. Les confesó a dos de sus hermanas que notaba unos estremecimientos un tanto extraños cuando, en un momento apasionado, él subia su mano pierna arriba, y aunque ella lo paraba, su cuerpo la sacudía de forma que no podía controlar y que tenía mucho miedo a que su novio lo notara y la dejase porque podía ser una enfermedad de mujeres solteras y que qué vergüenza. Su hermana trataba de tranquilizarla y le decía que eso debía de ser un síntoma de enamoramiento y que se le pasaría cuando se acostumbrara. Le dijo a su hermana que no pediría más para merendar churros con chocolate. ¿Por qué?, le preguntó Pepina. Es que me da no sé qué eso de andar metiendo y sacando los churros de la taza y luego llevármelos a la boca. Serás tonta, remató su hermana.
Dos acontecimientos de la misma intensidad se produjeron a la vez. Estalló la guerra y la dejó el novio.
Aparte de no parar de llorar en todo el día por culpa de aquél sinvergüenza que la había dejado, se sintió aliviada al saber que la sala de baile La Cueva seguiría abierta. Era
un sótano muy elegante con unas lámparas preciosas y sofás por todas partes. Allí había conocido al asqueroso que la había dejado sin darle explicaciones, pero había muchos hombres, sobre todo viajantes de comercio de toda España, especialmente catalanes, que vendían novedades preciosas, y solteros por un par de noches a los que les encantaba La Cueva.
Le decía a su hermana Pepina en voz baja que le preparara como una especie de pañito que no se le notara porque últimamente se le humedecían las bragas de seda y que estaba preocupada porque no sabía el porqué, y como solo le pasaba en el baile, llegó a la conclusión que debía de ser sudor. Le resultaba insólito porque ni le había pasado nunca a ella ni a ninguna de sus dos amigas con las que salía los jueves. Además, reflexionaba llena de extrañeza, sudar por ese sitio tan escondido y raro… no sé yo… Con sus amigas iba a una cafetería que quedaba muy resguardada y parecía que a ese lugar no podría llegar la destrucción así que los clientes lo tomaban como un refugio donde hablaban, bebían, se citaban, se cruzaban invitaciones sin especificar, solo de deseo, pero eso los hacía revivir aunque fuera solo por un rato. Adela luchaba porque la pena no se le incrustase dentro, pero percibía la tristeza de la guerra. A menudo se enteraban de la muerte de alguien y eso empezaba a resultar difícil de alternar con la vida normal que, aunque solo a ratos, intentaban mantener.
Pasaba por un periodo de angustia más acusado que sus hermanas al ir recrudeciéndose la guerra. Los hermanos, que hasta entonces vivían con ellas, fueron movilizados por el ejército y con destinos muy lejos. Se quedaron solas. Sus padres ya habían muerto y el consuelo de ir a bailar de vez en cuando, ya no era suficiente. Las sirenas sonaban demasiado a menudo como para hacer planes de nada y las noches pasadas en el refugio, ella las vivía en blanco acosada por el miedo a los chinches, pulgas y, sobre todo, piojos. Todos eran inquilinos de los cuatro pisos de la finca y el refugio era muy justo para que cupieran todos, pero se apretaban para ocupar un hueco de resguardo.
Ella eso no lo soportaba.
Le asqueaban los alientos, los olores de la ropa sucia, una vecina muy gorda que desparramaba su carne cuando se sentaba. Era fétido y espantoso.
Adela era exquisita de nacimiento, guapísima e histérica y egoísta. En este mar de penalidades aparecimos mi hermano y yo.
