Cormo las hermanas de mi padre lo echaron de casa.

Papá había vuelto de la guerra. Le había tocado Teruel y cuando hablaba de ello, decía que todo horroroso, pero que lo peor había sido el frío tan atroz. Yo tenía 4 años. Mi hermano dos. Con papá llegaron a casa de la familia los besos de después de comer y yo les pedía a mis tías que dejaran que papá se quedara un rato más en casa, porque llovía a mares: No, que tenemos que ventilar este olorón a tabaco que dejan los hombrones. Papá no tenía paraguas. Solo los ricos se atrevían a llevar esa prenda tan femenina. Gabardina, el cuello subido y tal vez una boina.

Entre papá y las tías no había charlas ni comunicación alguna: buen provecho, síes, noes, tal vez jarabe si se les oía una tos profunda y déjame que te toque la frente porque si tienes fiebre te quedas en la cama. Con los hombrones decían, no hay charla que valga, y a ver si Saturno se nos casa pronto. Saturno era otro hermano que había llegado más tarde de un campo de concentración. Había perdido allí un ojo y adelgazado tanto que los huesos le dolían solo por sentarse. Se fue pronto. Recuperó a una novia campesina y se casaron enseguida.

La guerra había inoculado una actitud de espera como si las sirenas para ocultarse pudieran sonar en cualquier momento. Pronto empezaron los recuentos. Muchas mamás habían muerto y yo oía decir a la gente: lástima que no se haya llevado a los críos con ella, o suerte que se llevó con ella a sus tres hijos. La mía se había ido sola, sin nosotros y eso por lo visto estaba muy mal, decían los mayores. Tenía veinticuatro años y la ingresaron en el hospital para que pariera su segundo hijo. Allí, con el hospital lleno de heridos, se enfermó de fiebres puerperales. Duró una semana. Le dio de

mamar a mi hermano. Él sobrevivió y ella se murió. Fue cuando las cuatro tías hermanas de mi padre, nos llevaron a vivir con ellas.

Nunca vi que a mi padre lo invitasen a sentarse en la galería después de comer como hacían ellas y charlar de cómo las familias contaban sus penas y sus remedios y a veces sus cosas divertidas. Los lisiados iban saliendo a tomar el sol con la pernera del pantalón doblada y recogida con un imperdible allí donde se terminaba lo que quedaba de muñón. Hablaban de las desgracias que había traído la guerra, pero muchos daban gracias a Dios por seguir con vida. Los que trabajaban mucho eran una familia a la que llamaban los inquisidores. Madre e hijo, daban informaciones precisas del lugar adecuado y eso hacía que el recuento de desaparecidos aumentase en la guerra sorda que quedó tras la otra guerra.

Papá estaba triste y recurrió al remedio al que recurren muchos hombres. Beber hasta emborracharse. Según mis tías no debía encontrar una novia que lo quisiera con dos críos, un sueldín y gracias.

Tenía siete años y me preparaba la catequista para hacer la Primera Comunión. Habían accedido mis tías a hacerme, ellas que tantísimo sabían de costura, un vestido largo de organdí. Me recuerdo loca de alegría por ponerme ese vestido de princesa que mis tías me confeccionaban. Además del vestido estrenaría unos zapatos blancos y calcetines de crochet. Y llegó el día. Mi tía Pepa me vistió, me peinó muy bien porque me habían hecho una permanente para poder domar los pelos tan tiesos que decía que tenía yo. Completamente feliz. Ya íbamos a salir para la Iglesia cuando mi tía se acercó mucho a mí y me dijo en un tono que no olvidaré: Cuando tomes la comunión rézale a la Vírgen para que tu padre deje de ir con “esa” mujer.

No creo haberle rezado a nadie, pero ese día papá ya no estaba con nosotros. Ya había ocurrido aquello por lo que lloré a escondidas durante mucho tiempo.

La costumbre era que mi tía Angelina que se acostaba la última, dejara la llave del piso en el alféizar de una ventana que daba a la escalera. Quien llegase tarde tanteaba por la ventana hasta encontrarla. Abría la puerta y la volvía a dejar en su sitio. Aquella noche, como muchas otras, oí a mi padre buscar y rebuscar la llave en el alféizar. Hubo un momento en el que se sentó en la escalera. Yo lo oí rascar una cerilla para encender un cigarrillo a la vez que le daba luz al sitio donde debía estar la llave. Nadie se movió en la casa. Yo dormía con una de mis tías. Lo oyó como yo. Respiraba fuerte como si estuviera dormida profundamente. Él no llamó al picaporte. Lo oí bajar la escalera.

Me levanté al cabo de un rato para hacer pipi. Al lado de la llave de la luz había una cucaracha negra enorme.

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