Había cumplido cuarenta años. Me sentía contenta conmigo misma. Parecía que las sensaciones se habían encajado en los lugares adecuados y de ninguna sobresalía un juanete doloroso o incómodo. El sol me daba directamente lo que me obligaba a entrecerrar los ojos. Seguía de vez en cuando disfrutando de ese juego que me ofrecía colores e imágenes mareantes. Quise que regresara el reflejo anterior. Imposible y me fui a la sombra para poder abrir poco a poco los ojose sin marearme. En el tronco del laurel aparecieron nítidas las cejas grandes y arqueadas de mi tía Pepa. Cerré los ojos y los abrí despacio al cabo de unos segundos. Las cejas se habían desdibujado por completo. Desapareció también la sensación de paz.
Mi tía Pepa.
Cuando le tenía que pedir algo:
Sentía el pecho tan oprimido que me obligaba a respirar por la boca abierta. Entonces sin levantar la vista de lo que estuviera haciendo me decía: cierra la boca. Me ahogaba mientras le preguntaba: ¿puedo salir con Mariluz? Si no me contestaba quería decir que sí, que podía. Vivíamos en el tercero y ella en el quinto. Éramos de la misma edad y su madre, que tenía otro niño más pequeño, salía al parque los días en los que no llovía. Mariluz gritaba y daba saltos para avisarme de que estaban bajando la escalera.
Ella y yo no coincidimos en nuestros sentimientos ni gustos en cuanto dejamos la niñez. Se casó muy pronto que era lo que decía que quería y se hizo una vida aparte.
Yo empecé a salir con mi primer novio. Entraba en la etapa de prepararme el ajuar. Ganaba mi primer sueldecito y me estaba convirtiendo en una verdadera señorita de provincias de clase media.
Crecer era raro.
Mi tía Pepa se alarmó cuando vio que de un día para otro mis turgencias se hacían visibles. Yo lo noté cuando un chico ya mayor de la oficina tropezaba siempre con mis “turgentes pechos”. En las esquinas era fatal. No me libraba por mucho que yo intentara esconderme de mí misma. Un día me acorraló y me metió la lengua en la boca. Sin saber porqué moví la mía y nuestras lenguas provocaron que mis genitales se humedecieran. Me asusté tanto que fui corriendo al lavabo y me encerré un rato esperando que todo lo que ardía se calmara, sobre todo, si bebía agua y hacía pipí.
Quizá había cumplido los dieciséis años.
Sí, porque a mi primer novio lo conocí a los diecisiete.
Entonces empezó para mí otro atosigamiento feroz. A las temibles advertencias sobre todo lo malo que podían hacerme los hombres se unía la desdicha del pecado, la constante amenaza de arder en el infierno. Me obligaban a hacer novenas, comuniones casi de madrugada, ejercicios espirituales y no dejarme tocar ni el bordillo del vestido, me advertían.
Empecé a notar que algo, no sabía qué era, lo necesitaba a rabiar. No encontraba amigas adecuadas. Al cine no me dejaban entrar porque era menor, no tenía personas adecuadas con las que pudiera desahogar mis inquietudes que ni siquiera sabía explicarme. Solo la angustia en el pecho y ese dichoso no sé qué que ni a mi novio le podía explicar salvo que me aventurara a que me llamara tontina o algo mucho peor.
Mi tía Pilar me llevó al médico.
Mis cuatro tías tenían responsabilidades diferentes en la casa y cada una cumplía con su cometido. Noté que a partir de los dieciséis en lugar de verme obligada por mi tía Pepa, había tomado el mando sobre mí mi tía Pilar. Aún quedaba otra, Angelina, pero Angelina nunca pintó nada en la casa. Iba cada día a la compra, cocinaba, limpiaba la cocina, lavaba toda nuestra ropa más las de las camas en el albañal de la cocina, vareaba los colchones a principio de verano en un campito al lado de casa, comía y cenaba sentada en un cajón en el que se guardaban las herramientas básicas de una casa y no hablaba salvo que alguna de sus hermanas le preguntaran o la riñeran por algo y ella siempre callaba. Cuando necesitaba unas bragas, usaba dos para hacer una con la parte más nueva de la tela. Si Pilar la veía cosiendo esos adefesios la reñía y le daba dinero para que comprara un metro de tela decente y se las hiciera como Dios mandaba.
Nunca las quise.
Tardé hasta mis cuarenta años en descubrirlo.
