Ahora los niños tienen móviles, antes, teníamos lombrices.
Lombrices, catarros con mocos verdes, dolor de oídos… y tantos etcéteras que os aburriría. La posguerra junto al hambre y la pobreza absoluta dio frutos que por suerte llevan años desaparecidos del mercado, pero creo que conviene recordar esas miserias para saber que nosotros, los supervivientes de entonces, las vivimos. Existieron y en algunas partes del mundo existen.
Llegamos un día al colegio y la señorita nos dijo que íbamos a ir todos a casa de Benancio, que se había muerto y que debíamos despedirnos de él. Algunos de los niños habían visto muertos a sus abuelos y no querían ir porque les daba pánico, pero la señorita nos dijo que era un deber cristiano y que no teníamos que temer nada. Un niño vomitó. Otros soltábamos un ji-ji nervioso. Nos rozábamos los unos con los otros como para darnos fuerzas, pero el susto y la impresión de ir a ver a un compañero muerto nos tenía alarmados y muy miedosos. Un niño que se llamaba Sebastián fue todo el camino dando patadas a todo lo que encontraba a su paso. Extrañamente la señorita que era muy protestona y nos tenía a los cuarenta que éramos en la clase sometidos al silencio y a la obediencia, en aquel momento no nos dijo nada. Solo que fuéramos deprisa. Marisa se cayó, pero no lloró a pesar de que sangraba por la rodilla. Llegamos. Subimos en silencio por la escalera. Se oían gritos de llanto. La puerta de la casa estaba abierta. Fuimos pasando. Ninguno de nosotros quería ser el primero en entrar en la habitación y armamos tal nudo que cuatro niños se cayeron uno encima de otro. La señorita exigió silencio al instante. Dentro había un féretro blanco colocado sobre una cama. Todos cerramos los ojos o nos los frotábamos con los puños cerrados para no ver nada. Dejé por un momento entreabierto un ojo y por él vi que Benancio era de otro color y daba la impresión de ser muy pequeño. La cara parecía de cartón. Él no era él. Cerré los ojos con fuerza. Olía muy raro en la habitación y todas las mujeres lloraban a gritos. La señorita nos preguntó si queríamos darle un beso de despedida, pero todos nos echamos hacia atrás. La señorita abrazó a la madre del niño muerto y nosotros nos escabullimos a todo correr escaleras abajo. Un niño se cayó desmallado en la escalera y lo arrastraron hasta la calle para que le diera el aire. Tuve pesadillas durante muchas noches en las que Benancio quería que yo le diera el beso de despedida. Que se lo debía.
Los niños de aquellos años oíamos hablar de la muerte con frecuencia, además, era casi diario ver al viático con sus ropas de ceremonia y el cáliz con hostias para asistir cristianamente a algún desahuciado que estaba a punto de emprender su viaje hacia Dios. El monaguillo que iba a su lado tocaba sin parar la campanilla mientras acompañaba al cura y muchas mujeres se arrodillaban en la acera al paso del mísero séquito. Se santiguaban y eso quería decir que lo despedían en su trayecto final.
También íbamos al cine. Los domingos a las tres de la tarde se proyectaba una película para niños en esa sesión especial para nosotros. Mi padre nos cogía cada uno en un brazo y nos metía en tropel en un cine en el gritábamos, pateábamos, llorábamos, nos reíamos a carcajadas y comíamos cacahuetes.
Mi padre le entregaba a mi tía Pilar, la organizadora de la familia, el sobre intacto con su sueldo y ella le daba a él el dinero para que nos llevara al cine y un poco más para que se tomara un vasito de vino cada día al salir del trabajo. Mi padre sin haber cumplido los treinta años, estaba triste.
